22 octubre 2021

CONDENAR A MESSI, PERO ACEPTAR LA MENTIRA

 Si se le exige con más virulencia a un futbolista que a un político corrupto o ineficiente, el abismo está cerca.

Escribe Walter Gullaci - La Nueva Provincia (Bahía Blanca).

 
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Martes 7 de julio de 2015.
El tipo todavía escucha a Cavallo, le sonríe a Boudou, se saca una selfie con Lilita, admite las contradicciones de cada uno de los precandidatos de turno. Eso sí, no se apasiona con ninguno. Ni tampoco le interesa que el “elegido” en la urna le rinda cuentas por sus actos. Bajará la cabeza, una vez más. Y punto.
Pero un domingo estalla. Maldice y despotrica. Hasta le desea lo peor a ese ser diminuto que no le prometió obras, ni terminar con la delincuencia, ni mejorar las escuelas, ni edificar hospitales. Nada de eso.
El hombrecito apenas sugería otra actuación mágica... de fútbol. Solo que esta vez su juego se hizo terrenal. Se mimetizó con los de al lado. Entonces Argentina quedó hambrienta de festejo. Y el astro, ese talento inigualable, quedó a merced del foul más artero. El de la crítica despiadada.
Un país en el que se le exige con mucha más virulencia a un jugador de fútbol que a un funcionario corrupto o ineficiente directamente está condenado al fracaso.
Esa lectura, tras haber perdido nuestra Selección la final de la Copa América por penales ante Chile, debería instalarse YA en el imaginario popular. Tanto como ese morbo visceral que no solo le surge al hincha, sino al propio periodismo en su conjunto. El que suele analizar el fútbol. E, incluso, aquel que solo aparece cuando se trata de un Mundial o un partido decisivo como el de Santiago.
Muy argentino esto de explotar de hartazgo por situaciones que no ameritan más que un buen berrinche futbolero. Y a otra cosa.
Pero no. Hoy martes seguramente se continuará masacrando al mejor jugador del mundo porque “tiene mal semblante”, “no deja el alma como Mascherano”, “está lejos del mejor Maradona” o “solo desequilibra en Barcelona”.
Quizás habría que preguntarse si las circunstancias que rodean a semejante monstruo de la pelota tengan que ver con sus dotes individuales, físicas o psíquicas, o simplemente con un planteo erróneo de Martino o con músicos que no llegan a interpretar, como sí ocurre en el Barsa, su partitura de jugador único e irrepetible.
Pero es más sencillo vituperar, agredir, lastimar e ironizar al “10”.

No sería extraño, entonces, que éste termine hastiado de tan cruel escenario y decida apartarse de la Selección, con lo que surgirían otras voces todavía más severas, tratándolo de antipatria, mal nacido u otros disparates.

Alguna vez, a alguien se le ocurrió decretar, en este país, que un segundo puesto no sirve de nada, que no alcanza con ser competitivo, que un deportista tiene que ser una máquina. Y que los demás ni siquiera existen.

En ese contexto de soberbia y carencia intelectual, quizás sea hora de empezar a disfrutar, de una buena vez, del talento de quienes, por fortuna, han nacido en este suelo.

Y sí seamos más profundos sobre quienes no resuelven con sus políticas los grandes temas que mantienen en vilo a los argentinos.
Y aquí no sólo se trata de hablar del bolsillo. Sino de la salud, la seguridad, la justicia y la educación.
Por todo eso, que quede claro.
Yo a Messi lo voy a votar siempre para la Selección.