El resultado es un suplemento con alta concentración de antioxidantes, que fortalece el sistema inmune y actúa como antiinflamatorio.

La investigadora Tamara Rubilar, del CONICET, desarrolló suplementos dietarios basados en pigmentos bioactivos presentes en las huevas de erizos de mar, a partir de la necesidad de tratar la enfermedad autoinmune de su hijo.
El niño, que comenzó a sufrir sangrados, vómitos y brotes en la piel desde pequeño, no encontraba alivio con los tratamientos convencionales. Fue entonces cuando Rubilar volcó sus conocimientos científicos para descubrir que los antioxidantes podían reducir la inflamación y mejorar su sistema inmune.
Tras indagar en investigaciones internacionales, detectó que la molécula con propiedades antiinflamatorias se hallaba en los erizos de mar. Así comenzó a elaborar lo que llamaba el “juguito de erizo” y más tarde creó una industria biotecnológica que hoy produce suplementos sustentables.
El proceso se realiza mediante acuicultura regenerativa, cultivando erizos sin sacrificarlos: solo se recolectan sus huevas, respetando protocolos de bienestar animal. Con esta técnica, mil erizos producen lo mismo que en otros lugares se obtenía sacrificando 1,4 millones de ejemplares.



