Faltan pocas semanas para las elecciones legislativas del próximo 7 de septiembre, y si bien la campaña no ha comenzado aún, el clima social no parece reflejarlo, con la sensación generalizada de que estas elecciones “no cambian nada”.

En distritos como el nuestro, donde la política muchas veces se vive con cercanía —porque los candidatos son conocidos, vecinos, ex compañeros de escuela o colegas de trabajo— este desgano debería preocuparnos.
Las elecciones legislativas, por más modestas que parezcan, no son un simple trámite burocrático. Definen el perfil del Concejo Deliberante, el órgano que debe controlar al Ejecutivo, debatir las ordenanzas que rigen nuestra vida cotidiana y canalizar las demandas de la comunidad.
Entonces, ¿por qué tan poco interés?
¿Por qué parece que la campaña no prende ni entre propios ni ajenos?
Tal vez porque muchas listas se arman a último momento, con nombres repetidos o poco representativos. Tal vez porque se percibe que el Concejo no tiene peso real, o porque la política ha perdido, en general, su capacidad de ilusionar y convocar.
Pero la indiferencia no es inocua. Es caldo de cultivo para que gane el desgano, para que se imponga la comodidad del que no cuestiona, y para que se consoliden liderazgos que no rinden cuentas.
La apatía, cuando se transforma en abstención o voto sin compromiso, es un mensaje —aunque no siempre el más eficaz— de protesta frente a lo que no cambia.
Como medio local, nos corresponde invitar a la reflexión. A que el ciudadano mire más allá del eslogan o de la cara conocida. A que exija propuestas, participación real, voluntad de construir desde el disenso. Porque lo que está en juego no es solo un resultado electoral: es la salud de la democracia en nuestra comunidad.
El 7 de septiembre no debería pasarnos por al lado. Aun cuando cueste entusiasmarse, vale la pena involucrarse.
LO QUE SE VE EN 9 DE JULIO
En el orden local, y en la generalidad, se observa una tendencia muy común en todas las listas: la inclusión de militantes, solo eso, militantes, asistentes a reuniones, "doblaboletas" y "pegacarteles" fieles a un movimiento o un ideal, pero sin demasiadas ideas para aportarle al deliberativo a través de proyectos.
La situación no es nueva: de hecho hubo, hay y habrá concejales que cumplen su mandato de 4 años sin presentar un solo proyecto de su autoría; y a quienes, lo que es peor aún, no se les conoce la voz.
Las mismas listas tienen uno, cuanto mucho dos, dirigentes representativos -que a veces son los mismos de siempre-, como abanderados de sus causas y detrás una tropa de mudos condescendientes (u obsecuentes) funcionales a sus intereses.
En algunos casos, como si se tratara de una genialidad -cuando en realidad es más bien un "manotazo de ahogado"- se recurre a personas conocidas de la comunidad por sus actividades profesionales o laborales, pero a las pruebas puede remitirse cada vecino de cada una de esas personas conocidas o simpáticas que han llegado al departamento legislativo poco aportan al mismo y al distrito.
ENTONCES... ¿PARA QUE VOTAR?
Justamente por eso.
Porque cuando los que tienen poder no inspiran, es más importante que nunca que la ciudadanía no se borre. No votar, o votar sin pensar, solo fortalece a quienes están cómodos con el desinterés. A los que cuentan con que nadie les preste atención para no tener que rendir cuentas.
Votar no es un cheque en blanco. Es una herramienta. A veces imperfecta, pero nuestra. Una forma de marcar presencia, de elegir lo “menos malo”, de sostener la democracia incluso cuando decepciona.
Porque si no participamos, otros deciden por nosotros.
Y además, votar también es una forma de exigir: podemos votar, pero también preguntar, reclamar, hacer seguimiento. Podemos hacer sentir que estamos atentos, que no nos da lo mismo.
Este 7 de septiembre no se trata de aplaudir candidaturas, sino de no regalarles el silencio. Votar sigue siendo una forma de decir: “Acá estoy, y no me da lo mismo”.



