¿Cuántas veces aparece esa necesidad imperiosa de escapar hacia donde el horizonte se funde con el mar? Para quienes vivimos en 9 de Julio, ese anhelo veraniego tiene soluciones prácticas sin necesidad de atravesar medio país. La ruta se convierte entonces en promesa de cambios temporales pero reconfortantes.

Hay algo casi mágico en esa sensación: la arena caliente colándose entre los dedos mientras el viento mezcla olores de protector solar y agua salada. El cuerpo lo agradece, la mente se despeja. Con buena frecuencia de pasajes a Villa Gesell, Mar del Plata y Pinamar, armar una escapada resulta más accesible de lo que muchos imaginan.
Villa Gesell: ese romance entre bosque y océano
¿Quién podría pensar que esas dunas salvajes acabarían convertidas en un paraíso costero? Don Carlos Gesell lo visualizó hace casi un siglo, y hoy su legado respira en cada rincón. Mañanas tempranas en Villa Gesell tienen ese encanto particular: pescadores aficionados intentando sacar algún pejerrey, mientras runners y madrugadores comparten espacio sin interferirse.
La inolvidable Avenida 3 conserva ese aire desprolijo pero encantador donde locales y turistas se entremezclan. No falta el vendedor de choclos asados ni el artesano que trabajó todo el invierno para ofrecer sus creaciones. Cuando cae la tarde, músicos improvisados sacan guitarras y cajones peruanos creando bandas sonoras espontáneas para atardeceres memorables.
Entre los árboles del Pinar del Norte, los domingos se arman picnics familiares mientras pibes descalzos corretean persiguiendo mascotas o pelotas. Algunos juran que las playas del norte, menos atestadas y con médanos más altos, guardan la esencia original del Gesell que imaginó su fundador. El famoso Museo Histórico de Villa Gesell, ubicado en Alameda 201 y Calle 303, guarda tesoros náufragos que parecen susurrar historias de otros tiempos.
Mar del Plata: ciudad con mil caras
La Feliz no termina nunca de revelarse por completo. ¿Cómo definir un lugar donde conviven pescadores curtidos por el salitre, estudiantes universitarios, turistas de todas las provincias y vecinos que mantienen viva la ciudad en invierno? Imposible encasillarla.
Su puerto huele a historias marineras, a redes que se mecen esperando la próxima salida y a locales de frituras donde el calamar recién traído se convierte en manjar accesible. Desde ahí mismo zarpan esas clásicas lanchas anaranjadas que componen una clásica postal marítima de “La Feliz”.
Atardeceres en la Playa Varese, con esas rocas negras donde se sientan parejas y contempladores solitarios. Mañanas en el Torreón, cuando deportistas madrugan desafiando la modorra vacacional. Tardes en shoppings cuando el clima no acompaña a la playa... Mar del Plata nunca se queda sin propuestas, como si la ciudad misma respirara y se transformara según las necesidades del momento.
Cuestión de gustos: mientras algunos aman la modernidad de Playa Grande con sus balnearios sofisticados, otros sienten debilidad por la rusticidad de playas sureñas donde todavía se puede estacionar casi al borde del mar. Ni hablar de quienes prefieren la bohemia urbana del barrio La Perla, con edificios que parecen contar historias de veranos pasados.
Pinamar: sofisticación entre médanos
Pinamar surgió como proyecto urbanístico planificado, y ese orden inicial todavía se nota en sus calles arboladas con nombres marinos. Arquitectos visionarios dejaron su huella en mansiones que asoman entre la vegetación, mientras que nuevas generaciones imponen tendencias desde bares y restaurantes que reinventan la gastronomía costera.
La Avenida Bunge -llamada así por el arquitecto emblemático de Pinamar- nunca duerme. De día, comercios de diseñadores nacionales alternan con cafeterías donde influencers y familias tradicionales coinciden sin notarlo. Atardeceres en Pinamar tienen ese ritual único: la bajada del sol vista desde algún parador con música chill out, mientras meseros uniformados ofrecen tragos con nombres exóticos.
Las mañanas guardan otro Pinamar: el de los pescadores artesanales que todavía tiran líneas desde la orilla, el de caminantes que buscan caracoles perfectos, el de familias que arman campamento temprano bajo sombrillas coloridas. Contrastes que conviven sin conflicto aparente.



