Hubo un tiempo en que, en distintos puntos rurales y suburbanos de Nueve de Julio, el humo de los hornos de ladrillos era parte del paisaje cotidiano. A la vera de caminos de tierra, detrás de montes o cerca de pequeñas lagunas y bajos donde abundaba la greda, familias enteras levantaban su vida alrededor de un oficio duro, silencioso y fundamental para el crecimiento de los pueblos: fabricar ladrillos a mano.

Los hornos eran verdaderas postales de otra época. Montañas prolijas de ladrillos crudos secándose al sol, carros cargados de barro, caballos, palas y hombres cubiertos de tierra hasta las rodillas componían una escena repetida durante décadas. El trabajo comenzaba de madrugada y seguía hasta que caía el sol. Había que mezclar barro, moldear pieza por pieza, dejarlas orear y luego armar cuidadosamente el horno para la cocción. Una mala temperatura podía arruinar días enteros de esfuerzo.
Muchos recuerdan todavía aquellos hornos encendidos durante días completos, con un resplandor rojizo visible desde lejos en las noches frías del campo nuevejuliense. El fuego no podía apagarse y alguien debía vigilar permanentemente la cocción. Era un trabajo de paciencia y experiencia: el color del humo, el calor de las paredes y hasta el sonido del ladrillo ayudaban a saber cuándo la hornada estaba lista.
Durante años, los ladrilleros fueron protagonistas silenciosos del crecimiento de viviendas, galpones, escuelas y comercios en toda la región. Cada ladrillo llevaba horas de esfuerzo manual y un conocimiento transmitido entre generaciones. Muchos hijos aprendían mirando trabajar a sus padres, casi sin necesidad de explicaciones.
Con el avance de la industrialización y los nuevos sistemas de construcción, aquellos hornos artesanales comenzaron lentamente a desaparecer. Algunos quedaron abandonados, otros fueron desmontados y varios terminaron cubiertos por malezas y el paso del tiempo. Sin embargo, quienes vivieron cerca de ellos todavía recuerdan el olor característico del barro húmedo y el humo espeso que anunciaba que el horno estaba “en quema”.
Hoy, aunque quedan pocos en actividad, el recuerdo de los hornos de ladrillos sigue formando parte de la memoria colectiva de Nueve de Julio. Oficios sacrificados, nacidos del barro y del fuego, que ayudaron literalmente a construir la ciudad.



