19 julio 2026

“¡Ahí se ve!” El ritual de subir al techo para acomodar la antena de TV

Hubo una época en la que mirar televisión no dependía de Internet, ni de un control remoto inteligente, ni siquiera de una señal estable. Dependía, muchas veces, de un hombre arriba del techo moviendo una antena de aluminio mientras desde abajo alguien gritaba desesperado: “¡Pará ahí… ahí se veía bien!”.

 

Durante las décadas del 80 y 90, los técnicos instaladores de antenas de TV aérea fueron protagonistas silenciosos de la vida cotidiana. Eran los encargados de colocar esas enormes estructuras metálicas que sobresalían de los techos de las casas y que apuntaban al cielo buscando captar una señal que muchas veces llegaba con lluvia, fantasmas o interferencias.

En ciudades como 9 de Julio, donde la televisión abierta era la gran ventana al mundo, lograr que un canal se viera “limpio” era casi una misión familiar. El técnico trepaba al techo con herramientas, cable coaxil y paciencia. Desde el comedor o el patio, algún integrante de la familia observaba la pantalla y hacía de enlace a los gritos.

“¡Ahora se fue!”.
“¡Volvé un poquito!”.
“¡Ahí… ahí quedó bien!”.

Era una escena repetida en miles de hogares.

Muchos recuerdan incluso que no hacía falta ser técnico para participar del ritual. Más de un padre, abuelo o vecino terminaba subido al techo intentando acomodar la antena después de una tormenta o de un fuerte viento que cambiaba apenas la dirección y dejaba la pantalla llena de “lluvia”.

Las antenas variaban según la zona y la distancia de las repetidoras. Algunas eran simples, otras parecían enormes esqueletos metálicos. En muchos barrios, los techos se llenaban de caños, tensores y antenas apuntando en distintas direcciones. Era parte del paisaje urbano.

Los instaladores conocían secretos que hoy parecen olvidados: hacia dónde apuntar para captar mejor un canal, cómo evitar interferencias, cuál era la mejor altura o cómo empalmar cables para no perder señal. También eran convocados cuando aparecía un canal nuevo y toda la ciudad quería verlo.

Con la llegada del cable primero y luego de la televisión satelital y el streaming, el oficio comenzó a desaparecer. Ya no hubo que orientar antenas ni pelear contra la estática. La imagen pasó a llegar perfecta con apenas apretar un botón.

Sin embargo, para quienes vivieron aquellos años, queda intacta la memoria de ese pequeño ritual doméstico que mezclaba paciencia, gritos entre habitaciones y la ilusión de poder ver, aunque fuera un poco más nítido, el programa favorito de la noche.

Porque antes de la alta definición y las plataformas digitales, mirar televisión también tenía algo de aventura.