Hubo un tiempo, relativamente lejano, en que escuchar música también era un ritual artesanal. En Nueve de Julio, las disquerías no solo vendían casetes y discos: ofrecían un servicio que hoy suena casi mágico. Grababan música a pedido. Tema por tema. Lado A y lado B. A gusto del cliente.

Entrar a uno de estos locales era sumergirse en un universo de catálogos, listados escritos a mano y recomendaciones del disquero, que muchas veces hacía de guía musical. El cliente elegía sus canciones favoritas —de distintos artistas, estilos o épocas— y encargaba su compilado personalizado. Un casete irrepetible.
En nuestra ciudad, este oficio tuvo nombres propios que todavía resuenan en la memoria colectiva. La disquería “Melody”, ubicada en La Rioja casi Libertad, fue uno de esos puntos de referencia donde muchos vecinos dieron forma a sus primeras selecciones musicales. También “La Tuba”, de la mano del recordado y entrañable Jorge “Pepiyo” Castro, dejó una marca imborrable en varias generaciones, una cuadra más adelante, en La Rioja casi Robbio.
El proceso tenía su tiempo. No era inmediato. Detrás del mostrador, entre equipos de audio, bandejas y grabadoras, se copiaban cuidadosamente los temas desde vinilos o casetes originales. Había que calcular la duración exacta para que entraran en cada lado, evitar cortes bruscos y, en lo posible, lograr una transición prolija entre canción y canción.
Pero en “La Tuba” había un detalle que muchos recuerdan con una sonrisa. Pepiyo, músico reconocido y de enorme sensibilidad, solía incluir —casi caprichosamente— un tema elegido por él. Era su manera de compartir lo que escuchaba, de sugerir, de “educar” el oído del cliente. Así, cada casete no solo respondía a un pedido, sino que también llevaba una pequeña huella del disquero.
Cada detalle importaba. Desde la calidad de la grabación hasta la prolijidad de la etiqueta. Muchos locales incluso ofrecían escribir a mano el listado de temas o diseñar carátulas simples, que el cliente luego guardaba como un pequeño tesoro.
Para muchos vecinos, esos casetes fueron banda sonora de viajes, historias de amor, amistades o momentos íntimos. También eran regalos cargados de sentido: armarle un compilado a alguien era dedicar tiempo, pensar en el otro, elegir cada canción con intención.
Con la llegada del CD primero y luego de la música digital, aquel oficio fue desapareciendo. La inmediatez le ganó a la espera, y las listas personalizadas pasaron a resolverse con un clic. Sin embargo, algo de ese encanto se perdió en el camino.
Hoy, recordar aquellas disquerías que grababan casetes a pedido es volver a una época en la que la música no solo se escuchaba: se construía. Y en ese proceso, cada cinta llevaba, además de canciones, una historia propia.



