A la hora del mate, cuando el sol empezaba a aflojar y el ritmo del día entraba en pausa, había un sonido que anunciaba algo más que una simple venta ambulante. Era la llegada de "la citroneta", inconfundible, lenta, algo gastada, pero cargada de historia. Y con ella, el ritual: el vendedor de tortas negras.

Recorría las calles de 9 de Julio como quien conoce cada vereda de memoria. No hacía falta verlo: muchos lo reconocían por el motor particular de su vehículo o por ese andar pausado que parecía acompasarse con la rutina del pueblo. Sabían que, en algún momento de la tarde, iba a pasar con su bocina - megáfono anunciando que llegaban las deliciosas facturas "...para el mate,. té o café..."
En la parte trasera de aquella vetusta pero pintoresca citroneta, llevaba su tesoro. Las tortas negras, prolijas, brillantes, con ese tono oscuro que prometía dulzura intensa y un sabor inconfundible. No eran solo un producto: eran parte del mate, excusa para la charla, para compartir, para hacer rendir la tarde un poco más.
Había algo casi ceremonial en esa escena. La vecina que salía con las monedas justas, el “esperame que ya salgo”, el saludo breve pero cercano. No era una compra apurada: era un pequeño encuentro cotidiano, repetido cientos de veces, que tejía vínculos sin necesidad de demasiadas palabras.
La citroneta, con sus años encima, también era parte del paisaje. No había apuro ni reemplazo posible. Era ese vehículo y no otro. Como si el oficio y la máquina fueran una sola cosa, inseparables, resistentes al paso del tiempo.
Hoy, esas postales parecen lejanas. Las formas de vender, de comprar y hasta de compartir el mate cambiaron. Pero en la memoria de muchos nuevejulienses sigue intacta esa imagen: la tarde cayendo, el ruido del motor acercándose y la certeza de que, en unos minutos, habría tortas negras sobre la mesa.
Porque a veces, un oficio no solo ofrecía un producto. También regalaba un momento. Y en ese andar sencillo por las calles del pueblo, el hombre de la citroneta supo convertirse, sin proponérselo, en parte de la historia chica —pero entrañable— de 9 de Julio.



