3 junio 2026

Chusma, chusma, chusma... pssst!!!!

Hay costumbres que no reconocen fronteras, pero que en las ciudades chicas encuentran terreno fértil. Un auto nuevo, la ropa de marca, el viaje “relámpago” a la costa o a algún destino exótico que, casualmente, no puede quedar sin foto. Vivirlo está bien; disfrutarlo, mejor. Pero mostrarlo… ah, mostrarlo parece casi una obligación.

 

En lugares como 9 de Julio, donde todos nos conocemos —o creemos conocernos—, la mirada ajena siempre está lista para evaluar, comentar y archivar mentalmente cada movimiento.

Las redes sociales hicieron el resto. Hoy nadie está exento del ojo del otro, ni siquiera quienes juran vivir desprendidos de la opinión ajena. Todos, en mayor o menor medida, terminamos actuando para la tribuna.

La eterna discusión entre la cáscara y el interior aplica tanto a las personas como a las empresas.

Muchas veces se empieza por lo más visible: una mano de pintura, un logo renovado, un local prolijo. En el mejor de los casos, tanto esfuerzo por “parecer” termina empujando cambios reales en el fondo. En el peor, queda solo la fachada.

Modificar lo estético suele ser más fácil y genera menos resistencia. El problema es creer que alcanza. Porque el producto, el servicio y la experiencia son un todo.

Entonces aparece la vieja pregunta: ¿ser o parecer?

Lo ideal es ser, pero en estos tiempos también hay que parecer. Posicionarse, diferenciarse y comunicar bien no es frivolidad: es supervivencia.

En ciudades como la nuestra, la chusma nunca descansa, siempre está a la vuelta de la esquina y, por las dudas, ya sacó captura.

 

Fuente: adaptación y reformulación de la columna “Marketing aplicado: Chusma”, de Juan Bautista Blanc, publicada en Diario Democracia (14/12/2025).