Un nuevo ejemplo de creatividad tributaria llega desde un municipio bonaerense que decidió castigar… hasta el entretenimiento. La iniciativa popularmente bautizada como “tasa al metegol” se suma a una larga lista de impuestos locales que ya resultan difíciles de tomar en serio.

En Miramar, la aplicación de una tasa municipal fija sobre cada juego, aparato o atracción instalada en salones y espacios de entretenimiento volvió a encender las alarmas entre los comercios del rubro.
El gravamen alcanza a salones de juegos, entretenimientos y comercios similares: mesas de metegol, billar, tejo, salas de videojuegos, equipamiento lúdico e incluso estructuras estacionales como camas elásticas o “tren de la alegría”.
El monto se aplica por aparato —no por facturación, uso o ganancias reales—, sin distinguir entre locales de gran demanda y pequeños emprendimientos de barrio.
Críticos del esquema subrayan lo evidente: se termina cobrando por tener un entretenimiento parado en la esquina, no por los servicios prestados. Una carga fija que golpea con más fuerza a quienes menos pueden absorberla. Así lo definió un especialista: un tributo “técnicamente pobre y económicamente regresivo”.
En un contexto donde ya se registran múltiples tasas municipales cuestionadas —al muñeco inflable, al balcón, al sótano, hasta al perro “peligroso”— esta nueva tasa evidencia el problema de fondo: un sistema tributario local que se desangra de absurdos.
Mientras algunos creen que la tasa recauda, otros sostienen que lo único que cosecha es rechazo, cierre de comercios y desconfianza. Y el metegol —ese ícono de barrio, juego barato, diversión simple— quedó convertido en símbolo de una recaudación desbocada.



