La caída de árboles históricos tras sucesivos temporales vuelve a exponer la fragilidad del principal pulmón verde de la ciudad y la necesidad de una reforestación sostenida que respete el tiempo natural del paisaje.

El Parque General San Martín, corazón verde de nuestra ciudad, es un espacio de identidad y memoria: alrededor de sus lagunas se fundó la población y sobre sus senderos se moldearon historias y la conocida leyenda de las Tres Lagunas, parte del patrimonio inmaterial de 9 de Julio.
Durante décadas la arboleda del parque fue un símbolo de porte y elegancia: ejemplares centenarios que ofrecían sombra, paisaje y cobijo a aves y vecinos. Muchos de ellos acompañaron generaciones completas, convirtiéndose en una de las postales más queridas del distrito.
Los fuertes temporales de viento que han azotado la región en los últimos años dejaron una huella profunda: ráfagas intensas derribaron árboles de gran tamaño y provocaron daños que no implican solo la caída de los mismos, sino la pérdida de décadas —o incluso de un siglo— de crecimiento. Es una herida ambiental y también emocional.

Si bien en distintos momentos se han repuesto especies y se realizan tareas de mantenimiento y puesta en valor, la reposición no devuelve de inmediato la escala ni la presencia de los ejemplares caídos. Un árbol necesita tiempo, años de crecimiento silencioso, para volver a convertirse en un gigante como los que se perdieron.
La caída de un árbol centenario duele: cambia el paisaje, empobrece la belleza del parque y altera la memoria afectiva del lugar. Pero también puede ser un llamado.

Un llamado a recuperar el compromiso colectivo con este espacio histórico y a entender que cada ejemplar nuevo necesita de todos para que un día vuelva a ser tan imponente como los que ya no están.
El Parque San Martín no sólo debe reconstruirse: debe volver a soñarse. Y ese sueño —como los árboles— también lleva tiempo, constancia y raíces profundas.



