A propósito de una serie de notas publicadas por nuestro medio en relación a las distintas dificultades que presenta la ciudad para el desplazamiento de personas con discapacidad o movilidad reducida, lectores han hecho llegar sus aportes sobre las dificultades que presentan en este sentido algunos edificios públicos, donde las misma deben concurrir para realizar trámites.

Imagen ilustrativa generada mediante IA.
En pleno siglo XXI, acceder a un edificio público en 9 de Julio todavía puede ser un desafío insalvable para quienes tienen discapacidad o movilidad reducida. Rampas inexistentes, escalones sin alternativa, puertas estrechas y sanitarios inadaptados son parte de un paisaje que, aunque cotidiano, vulnera derechos fundamentales.
Un relevamiento visual muestra que buena parte de las dependencias municipales, provinciales y nacionales en la ciudad carecen de infraestructura básica para garantizar el ingreso autónomo y seguro. La situación se repite en algunas escuelas, centros de atención y oficinas administrativas.
En algunos casos, la solución se limita a una rampa improvisada o a la ayuda de terceros para subir escalones. Pero la Ley Nacional 24.314, vigente desde 1994, es clara: todos los espacios públicos deben ser accesibles. Esto incluye no solo el acceso físico, sino también la señalética, los espacios de circulación y los servicios sanitarios.
“Muchas veces, una persona en silla de ruedas no puede ni siquiera llegar a la ventanilla de atención”, comenta un vecino que acompaña a su madre a realizar trámites. “Dependemos de que alguien salga a atendernos afuera. No debería ser así”, expresaron lectores a nuestro medio.
La falta de accesibilidad no solo impacta en la autonomía, sino que también limita la participación ciudadana. Ir a votar, hacer un trámite o asistir a una reunión pública puede convertirse en una odisea.
Si bien en los últimos años se han hecho mejoras puntuales, la deuda estructural persiste. La comunidad reclama un plan integral de accesibilidad que incluya diagnósticos, plazos de obra y presupuestos claros, con prioridad en los edificios que concentran mayor flujo de personas.
Mientras tanto, las barreras siguen ahí, invisibles para quienes pueden sortearlas, pero infranqueables para quienes necesitan que la ciudad sea, de verdad, para todos.



