Hubo un tiempo en que las calles de 9 de Julio eran escenario de sonidos, olores y personajes que hoy parecen postales de otro siglo. Oficios que moldearon la identidad de la ciudad y que, con la modernidad, fueron quedando en el recuerdo.

Imagen generada mediante Inteligencia Artificial.
En las mañanas, el silbido del afilador ambulante anunciaba su paso. Con su bicicleta adaptada y una piedra giratoria, devolvía el filo a cuchillos, tijeras y herramientas de campo.
A su lado, otros artesanos como el colchonero recorrían las casas para desarmar y rellenar colchones de lana, una tarea que llenaba el aire de olor a limpio y a siesta recién estrenada.
En los talleres, el carrocero y el guasquero daban forma a un mundo ligado al caballo. Uno reparaba sulkys y carros lecheros; el otro trabajaba el cuero crudo para hacer sogas, riendas y bozales. Oficios que exigían manos firmes y paciencia infinita.
El campo también tuvo sus figuras entrañables: el tropero, capaz de llevar haciendas enteras a pie hasta la feria; el lintero, esquilador experto en lana fina; y el arreador de leche, que cada madrugada juntaba la producción de los tambos para llevarla a la usina láctea local.
De día, el lechero a domicilio y el heladero de carro acercaban productos frescos y artesanales a cada hogar, mientras el canillita llevaba las noticias antes de que llegara la radio o la televisión.
Algunos de estos oficios han desaparecido; otros sobreviven en rincones muy pequeños o como reliquias de feria. Pero todos forman parte del patrimonio intangible de 9 de Julio, una herencia que vive en la memoria colectiva y en las historias que todavía se cuentan en las sobremesas.
Porque en cada cuchillo afilado, en cada colchón de lana, en cada rienda trenzada, hay un pedazo de la ciudad que fuimos. Recordar esos oficios es también recordar quiénes somos.



