En una época en la que lo descartable parece haberse impuesto sobre lo duradero, encontrar a alguien que repare zapatos o arregle una pelota de fútbol se volvió una rareza en 9 de Julio. Sin embargo, todavía quedan manos expertas que, con paciencia y oficio, se resisten al olvido y siguen dando nueva vida a esos objetos que muchos ya dan por perdidos.

Imagen generada con Inteligencia Artificial.
Caminar por el centro y buscar un taller de zapatería puede convertirse en una misión difícil. Los históricos talleres donde solía escucharse el golpeteo del martillo sobre el cuero hoy son cada vez menos, y con ellos se va apagando una parte de la identidad de la ciudad.
“Ya casi no quedan. Éramos varios los que hacíamos esto, pero muchos se jubilaron o se cansaron. Los jóvenes no quieren aprender el oficio, y tampoco es fácil vivir de esto”, cuenta uno de los pocos zapateros que aún atiende a la clientela fiel que lo busca hace años.
Lo mismo ocurre con las pelotas. ¿Cuántos chicos saben que una pelota también se puede arreglar, y no sólo reemplazar? En tiempos donde lo nuevo está a un click de distancia, son contados los que se acercan a buscar a alguien que las repare. Sin embargo, en algunos rincones de 9 de Julio todavía hay quienes lo hacen.
Estos oficios, silenciosos y valiosos, son parte del entramado que sostiene a una comunidad. No solo reparan objetos: también conservan saberes, historias, y una manera de relacionarse con las cosas que valora el cuidado por sobre el descarte.
Quizás sea hora de mirarlos con otros ojos.
Porque detrás de cada zapato restaurado o de cada pelota remendada, hay algo más que trabajo: hay memoria, identidad y resistencia.



