Una problemática que ya era angustiante tiempo atrás, y que motivó una nota de fuerte repercusión de nuestro medio 3 años atrás, no solo no se resolvió, sino que hoy continúa golpeando a diario a los vecinos de 9 de Julio. Conseguir una simple receta médica —o incluso autorizar prácticas básicas como una radiografía o una resonancia— sigue siendo un camino largo, desgastante y, muchas veces, desesperante.

Lo que debería ser un trámite sencillo se transforma en un circuito burocrático difícil de comprender. Pacientes que dependen de medicación diaria deben anticiparse con días —o semanas— para iniciar el proceso, sabiendo que cualquier error, demora o falta administrativa puede dejarlos sin tratamiento.
En muchos consultorios, la mecánica no ha cambiado: las recetas se solicitan en determinados días y se entregan más de una semana después. Este sistema obliga a los pacientes a “calcular” su consumo de medicación, iniciando nuevos pedidos cuando aún les quedan comprimidos, para no quedarse sin cobertura en el medio del trámite.
Pero el problema no termina ahí. Al momento de retirar la receta, las demoras continúan. Filas largas, horarios acotados y pérdida de tiempo para quienes —como la mayoría— deben compatibilizar estos trámites con sus obligaciones laborales y personales.
La situación se vuelve aún más compleja al llegar a la farmacia, especialmente para afiliados de IOMA. Lejos de agilizar los procesos, la implementación de la receta electrónica sigue mostrando fallas: errores en la confección, duplicaciones, falta de recetas de archivo o inconsistencias que terminan obligando al paciente a volver al consultorio y reiniciar el circuito.
En ese punto, el sistema vuelve a trabarse. Nuevos pedidos, nuevas esperas, nuevas demoras. En algunos casos, la solución depende de la buena voluntad del profesional, que, entre paciente y paciente, intenta resolver una urgencia que el propio sistema no contempla.
A tres años de aquella primera advertencia, la realidad es clara: el problema persiste. Y no solo en la emisión de recetas. La misma lógica de trabas, demoras y burocracia se replica en la autorización de estudios básicos como radiografías o resonancias, donde los pacientes deben atravesar múltiples instancias administrativas antes de acceder a un diagnóstico.
La consecuencia es directa: desgaste, incertidumbre y una sensación creciente de abandono. En un contexto donde la salud debería ser prioridad, la falta de soluciones concretas expone una deuda pendiente con la comunidad.
Mientras tanto, los vecinos siguen esperando. Y contando los días.



