18 julio 2026

Cuando los videoclubes eran el corazón del entretenimiento en la ciudad

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que el mejor plan un viernes o sábado a la noche en 9 de Julio empezaba mucho antes de apretar “play”. Había que salir, caminar unas cuadras y hacer fila. Porque sí, había fila. Los videoclubes eran, sin exagerar, el negocio del momento y un verdadero punto de encuentro social donde se cruzaban vecinos, familias y amigos en busca de una película.

 

Las estanterías repletas de carátulas, los televisores mostrando avances y el murmullo constante formaban parte de una liturgia que hoy parece lejana. Los estrenos no estaban a un clic: se reservaban. Había que anotarse, preguntar, insistir. Y cuando finalmente llegaba esa película tan esperada, era casi un pequeño acontecimiento.

El sistema tenía sus reglas, claras y estrictas. El alquiler venía con tiempo limitado, generalmente 24 horas. Si te demorabas, había multa. Si devolvías sin rebobinar el VHS, también. El clásico cartel de “rebobinar antes de devolver” no era una sugerencia: era una advertencia. Y más de uno aprendió a las apuradas, con el zumbido de la videocasetera trabajando contrarreloj.

Los videoclubes de la ciudad, que llegaron a multiplicarse en distintos barrios, también tenían sus “secretos”. Detrás de cortinas o en sectores apartados, existían áreas reservadas para películas condicionadas, a las que no todos podían acceder. Ese detalle, parte de una época, convivía con el ritual familiar de elegir una comedia, un policial o una de acción para compartir en casa.

Con el paso del tiempo, el modelo empezó a mostrar grietas. Primero fue la llegada del DVD, que trajo mejor calidad pero no cambió del todo la lógica. Después, Internet. La descarga, el streaming y, más tarde, las plataformas digitales transformaron por completo el consumo audiovisual. La inmediatez le ganó a la espera, y la comodidad del hogar reemplazó aquella salida al videoclub.

Así, casi sin que nos diéramos cuenta, las persianas empezaron a bajar. Donde hubo filas, quedaron recuerdos. Donde había estantes, silencio. Hoy, en tiempos de algoritmos y catálogos infinitos, el videoclub sobrevive en la memoria como una experiencia compartida, tangible y profundamente humana.

Porque no era solo alquilar una película. Era elegir, esperar, conversar. Era, en definitiva, otra forma de vivir el cine.