Al cumplirse cinco décadas del golpe de Estado de 1976, la sociedad argentina reafirma su compromiso con la democracia en una jornada de profunda reflexión histórica y renovado reclamo de justicia.

A cincuenta años de aquel fatídico 24 de marzo de 1976, el aire de esta jornada se percibe cargado de una solemnidad distinta. No es un aniversario más; es la marca de medio siglo desde que el terrorismo de Estado interrumpió la vida democrática y dejó una herida que, lejos de cerrarse en el olvido, se sana con la búsqueda incesante de la verdad. Hoy, las plazas de todo el país, desde la histórica Plaza de Mayo hasta cada rincón de nuestra provincia de Buenos Aires, se convierten en espacios de encuentro donde las nuevas generaciones recogen el legado de las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo.
Este 2026 nos encuentra procesando el peso del tiempo, entendiendo que la memoria no es un ejercicio estático hacia el pasado, sino una herramienta activa para proteger el presente. La cifra de los 50 años nos obliga a mirar el camino recorrido en materia de Derechos Humanos, reconociendo a la Argentina como un referente global en el juzgamiento de crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, el mensaje de este día sigue siendo claro y urgente: la vigilancia ciudadana es el único escudo real contra cualquier intento de autoritarismo. Recordar es, ante todo, un acto de responsabilidad civil para que el horror no encuentre nunca más una grieta por donde filtrarse.
Mantener encendida esta llama es entender que la identidad y la justicia son derechos innegociables. Porque, al final del día, el silencio solo favorece al pasado, mientras que la palabra y el recuerdo construyen el futuro que nos merecemos.



