19 julio 2026

Memoria de los oficios: cuando el plomo y la tinta daban vida a las palabras

Hubo un tiempo en que cada volante, afiche o entrada para un baile tenía detrás un trabajo artesanal que comenzaba mucho antes de que la tinta tocara el papel. Era el tiempo del imprentero tradicional, ese oficio silencioso que durante décadas acompañó la vida social, comercial y cultural de ciudades como Nueve de Julio.

 

En aquellas imprentas de barrio, entre cajones de madera y el olor inconfundible de la tinta fresca, el trabajo se hacía letra por letra. Las palabras no salían de una computadora: se armaban con pequeñas piezas de plomo, cada una con un carácter grabado en relieve.

El imprentero elegía cada letra, la colocaba en un componedor y así iba formando líneas que luego se ajustaban en un marco metálico hasta completar el texto.

Con paciencia y precisión, ese rompecabezas tipográfico daba forma a todo tipo de impresos: volantes para comercios, afiches para bailes y espectáculos, programas de actos escolares, panfletos políticos y, sobre todo, los clásicos talonarios de entradas para eventos sociales, rifas o festivales.

Las máquinas impresoras, muchas veces pesadas y ruidosas, funcionaban con un sistema sencillo pero eficaz. Una vez armado el molde de letras de plomo, se entintaba la superficie y el papel recibía la presión exacta que dejaba las palabras impresas. Cada tirada implicaba repetir ese movimiento una y otra vez, en un ritmo casi hipnótico.

En muchas imprentas del interior, el imprentero no solo imprimía: también diseñaba, aconsejaba y hasta corregía los textos que los vecinos llevaban escritos a mano. Era común verlo inclinado sobre el mostrador, leyendo un borrador y sugiriendo cambios antes de pasar al armado de la composición.

Ese oficio, que requería paciencia, oficio manual y un conocimiento profundo de la tipografía, comenzó a desaparecer con la llegada de las impresoras modernas, el diseño digital y las nuevas tecnologías de impresión.

Sin embargo, durante buena parte del siglo pasado, los imprenteros fueron protagonistas silenciosos de la vida cotidiana. Sus trabajos anunciaban bailes de club, elecciones, fiestas patronales o funciones de cine. Cada cartel pegado en una pared o cada volante repartido en la calle llevaba, sin que muchos lo supieran, horas de trabajo manual detrás.

Hoy, aquellas cajas llenas de letras de plomo y las viejas prensas tipográficas sobreviven en algunos talleres, museos o colecciones privadas. Son testigos de una época en la que las palabras no solo se escribían: también se construían con las manos.

Y en ese gesto paciente de acomodar letra por letra, el imprentero tradicional dejó una huella profunda en la memoria gráfica de los pueblos. Porque mucho antes de la era digital, las noticias, los anuncios y las celebraciones del pueblo también pasaban por sus manos.

Como ocurre con cada entrega de “Memoria de los oficios”, la invitación queda abierta para que los lectores también aporten sus recuerdos. ¿Qué imprentero recuerdan en la ciudad?

¿Quién hacía los volantes, las entradas para los bailes o los afiches de los clubes? Las historias y nombres que los vecinos compartan ayudarán a seguir reconstruyendo esa parte de la memoria cotidiana de Nueve de Julio que aún vive en el recuerdo de muchos.