A propósito de la primera entrega de nuestra sección "Oficios perdidos", dedicada al colchonero, llegó a la redacción un mail que nos emocionó especialmente. Un lector, movilizado por la publicación, decidió compartir un verdadero tesoro: una nota aparecida en el diario El 9 de Julio el 25 de abril de 2015, donde se reconstruye la historia de don Cataldo (Cándido) Labriola, inmigrante italiano y colchonero emblemático de nuestra ciudad.

El gesto no es menor. Porque eso es, en definitiva, lo que buscamos cuando abrimos una sección como esta: que la memoria se active, que alguien recuerde, que otro busque en un cajón, en un archivo, en una biblioteca, y que la historia vuelva a circular.
La nota original relataba la vida de este inmigrante llegado desde Italia a comienzos del siglo XX, quien tras instalarse definitivamente en 9 de Julio forjó su destino trabajando como colchonero, un oficio hoy prácticamente extinguido. Con su máquina cardadora, su máquina de coser y una jardinera tirada por su caballo —“Chiche”—, recorría campos y pueblos rehaciendo colchones de lana, en jornadas largas, de sol a sol.
Ese mismo instrumento de trabajo, la cardadora, fue donado años atrás al Archivo y Museo Histórico “General Julio de Vedia”, convirtiéndose en una pieza que no solo exhibe un objeto, sino que cuenta una historia: la del trabajo artesanal, la del inmigrante que llegó con poco y construyó mucho, la de una comunidad que crecía al ritmo de esos oficios ambulantes.
Lo más valioso, sin embargo, es el presente. Que una publicación actual haya despertado en un lector el deseo de rescatar aquella nota de 2015 habla de un ida y vuelta genuino con nuestra comunidad. Un feedback maravilloso. Una prueba concreta de que la memoria no está archivada: está viva.
Hay algo profundamente romántico en esta escena. Una sección nueva que habla de oficios que ya no están. Un lector que, al leerla, recuerda. Busca. Encuentra. Y comparte. Como si la cardadora volviera a girar, pero esta vez en el engranaje invisible de la memoria colectiva.
Porque los oficios se pierden cuando se dejan de practicar. Pero sobreviven cuando alguien los nombra. Y más aún cuando alguien, del otro lado, responde.



