Enero no siempre fue solo calor. Para muchos vecinos de Nueve de Julio, este mes sigue siendo una puerta abierta a la memoria afectiva, a esos veranos de antes que vuelven con una foto vieja, una calle tranquila o el simple ruido de una bicicleta pasando despacio.

Hace décadas era habitual ver a los vecinos sentados en las veredas, compartiendo unos mates o una gaseosa bien fría para mitigar el calor, mientras la charla se estiraba hasta que caía la noche. Eran escenas simples, casi cotidianas, que daban identidad a los barrios y marcaban un modo de convivir más cercano y relajado.
Con el paso del tiempo, muchas de esas costumbres se fueron perdiendo o transformando. Los ritmos cambiaron, las dinámicas familiares también, y las veredas ya no siempre son ese punto de encuentro permanente. Sin embargo, en cierta forma, la tradición aún se mantiene viva.
Todavía hoy, en algunos barrios, el verano trae de regreso esas postales: sillas a la sombra, mates que pasan de mano en mano y conversaciones sin apuro, mientras el sol empieza a aflojar. Son escenas que aparecen casi sin aviso, como un recuerdo que se hace presente.
Tal vez ahí esté la magia de enero. En esa costumbre sencilla que se niega a desaparecer, en la vereda que vuelve a ser punto de encuentro y en la certeza de que, aunque el tiempo avance, siempre habrá un verano dispuesto a devolvernos, aunque sea por un rato, a lo que fuimos.



