Una juventud sin oportunidades reales, una ciudad que envejece y se estanca, y una deuda social que no deja de crecer.

Imagen generada con Inteligencia Artificial.
En 9 de Julio, como en tantas otras ciudades del interior bonaerense, una problemática crece día a día pero parece no estar en la agenda de nadie: la falta de empleo formal para los jóvenes.
El dato no necesita grandes estudios: alcanza con recorrer los barrios, hablar con chicos y chicas recién egresados del secundario, o con aquellos que no pudieron seguir estudiando. El panorama es el mismo: buscan trabajo y no encuentran. O lo encuentran, pero en negro, por pocas horas, con sueldos de miseria o sin ninguna estabilidad.
¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están las empresas que se llenan la boca hablando de compromiso local? ¿Dónde están las políticas públicas que prometen inclusión pero no llegan a los que más las necesitan?
Lo cierto es que una generación completa está quedando atrapada entre changas, informalidad, frustración y migración forzada. Jóvenes que quieren trabajar, que necesitan su primer ingreso para ayudar en sus casas o para independizarse, se topan con un sistema que les da la espalda. Y cuando consiguen algo, muchas veces es explotador: plataformas de reparto, trabajos sin contrato, horarios eternos por un sueldo que no alcanza ni para empezar.
Mientras tanto, la ciudad pierde talento, energía, futuro. Porque cuando los jóvenes se van –a Junín, a La Plata, a Capital o al exterior– no solo se va una persona, se va una historia, una posibilidad de desarrollo local.
La falta de empleo juvenil no es solo una estadística: es un síntoma de abandono. Una ciudad que no piensa en sus jóvenes es una ciudad que, literalmente, se está quedando sin porvenir.
Es urgente que el municipio, las instituciones educativas, los sindicatos, las empresas y las organizaciones de la sociedad civil se sienten en una misma mesa y diseñen un plan integral, concreto y sostenido en el tiempo. Que se creen incentivos reales para el primer empleo formal, que se invierta en formación útil y actualizada, que se abran canales de diálogo con los propios jóvenes.
De lo contrario, seguiremos viendo lo mismo: una juventud sin oportunidades reales, una ciudad que envejece y se estanca, y una deuda social que no deja de crecer.
Porque cuando los jóvenes dicen “nos están dejando sin futuro”, no es una metáfora. Es una advertencia. Y es hora de escucharla.



