26 junio 2026

El escobero, un oficio que barría cada rincón del pueblo

Hubo un tiempo en que las escobas no llegaban en paquetes brillosos ni colgaban prolijas en las góndolas de un supermercado. Había hombres —y a veces familias enteras— que las fabricaban a mano, una por una, con paciencia y habilidad. Eran los escoberos, trabajadores silenciosos que recorrían pueblos y ciudades ofreciendo un elemento tan cotidiano como indispensable.

En Nueve de Julio, como en tantos rincones del interior, el oficio tuvo presencia fuerte durante décadas. Algunos tenían pequeños talleres detrás de sus casas; otros trabajaban al aire libre, rodeados de mazos de sorgo escobero secándose al sol. El ruido del alambre tensándose y el perfume seco de las fibras formaban parte de una escena habitual.

El trabajo comenzaba mucho antes del armado. Había que seleccionar el sorgo, cortarlo, emparejarlo y dejarlo listo para el trenzado. Luego venía el momento más delicado: sujetar las fibras al mango de madera con una máquina manual o con simples herramientas caseras. Cada escobero tenía su técnica, y también su “marca”. Algunas duraban años; otras eran famosas porque “barrian mejor”.

Muchos recorrían las calles vendiendo puerta a puerta. Iban con varias escobas al hombro o cargadas en bicicletas y sulkys. Conocían a cada vecino y sabían cuándo era tiempo de cambiar la vieja escoba gastada por una nueva. En los pueblos chicos, incluso, era común que aceptaran trueques o fiaran hasta fin de mes.

Con la industrialización y la llegada masiva de productos fabricados en serie, el oficio empezó a desaparecer lentamente. Las escobas industriales eran más baratas y fáciles de conseguir. Los talleres artesanales fueron cerrando y aquellas manos expertas quedaron relegadas a la memoria de quienes crecieron viendo trabajar a los escoberos.

Sin embargo, todavía hay quienes recuerdan el sonido áspero de las fibras contra el piso de tierra, las virutas de madera en los patios y esas escobas robustas que parecían durar para siempre. Oficios humildes, casi invisibles, que también ayudaron a construir la identidad cotidiana de los pueblos.