Hubo un tiempo en que salir a la calle con música propia era casi un acto de ciencia ficción. A mediados de los años 80 y comienzos de los 90, los walkman de casete empezaron a asomar tímidamente en Nueve de Julio y no tardaron en convertirse en objeto de deseo, símbolo de modernidad y, para muchos, en una pequeña revolución cotidiana.

Hasta entonces, la música era compartida: sonaba en equipos grandes, en la radio o en el tocadiscos familiar. Pero de repente apareció ese aparatito portátil que permitía caminar, andar en bicicleta o viajar en colectivo escuchando lo que uno quería, en soledad, con auriculares. Una experiencia completamente nueva para la época.
En la ciudad, dos comercios quedaron marcados en la memoria colectiva como los grandes introductores de estas “novedades”: Zoco, sobre calle Libertad a pocos metros de La Rioja, y Puerto Libre, en La Rioja casi Vedia. Allí llegaban no solo los walkman, sino también otros productos que parecían traídos del futuro. Mirar la vidriera era, para muchos, asomarse a otro mundo.
Claro que no eran baratos. Los modelos originales, generalmente de marcas reconocidas, estaban fuera del alcance de buena parte de los bolsillos.
Y fue ahí donde aparecieron alternativas más económicas que rápidamente ganaron terreno. Entre ellas, los recordados walkman de marca “Unisef”, que más allá de la diferencia de consonantes. nada tenían que ver con la organización internacional, pero que se popularizaron por su precio accesible y su presencia constante en los mostradores locales.
Eran tiempos en los que el diseño también importaba. Y mucho. No bastaba con tener un walkman: había que lucirlo. Por eso, uno de los detalles más buscados eran los auriculares con felpa de esponja, especialmente los de color naranja intenso, que destacaban a la distancia y se convirtieron en una especie de sello generacional. Cuanto más llamativos, mejor.
El funcionamiento era simple pero fascinante. Un casete, dos pilas (generalmente AA), botones mecánicos y, en algunos modelos más avanzados, radio AM/FM incorporada o función “auto reverse” para no tener que dar vuelta la cinta.
Pero más allá de lo técnico, lo que verdaderamente cambió fue el vínculo con la música. El walkman introdujo la idea de banda sonora personal. Cada uno elegía su casete, lo rebobinaba con una birome cuando se trababa la cinta, armaba compilados caseros y salía a la calle con su mundo sonoro a cuestas.
En Nueve de Julio, esa escena se volvió habitual: adolescentes caminando con los auriculares puestos, la esponja naranja apoyada sobre las orejas y el aparato colgado del cinturón o guardado en un bolsillo. Era una postal de época que mezclaba tecnología, identidad y una forma distinta de habitar lo cotidiano.
Hoy, en tiempos de streaming y auriculares inalámbricos, aquellos walkman parecen piezas de museo. Sin embargo, para toda una generación, fueron mucho más que un dispositivo: fueron la puerta de entrada a una experiencia íntima y portátil de la música, que en su momento resultó tan novedosa como inolvidable.



