17 junio 2026

Los profes de mecanografía, el recuerdo y el olvido

Hubo una época en que el sonido de decenas de máquinas de escribir marcaba el ritmo de las tardes en Nueve de Julio. Antes de las computadoras, de los celulares y de los correos electrónicos, miles de jóvenes pasaron por academias y cursos donde aprendían mecanografía y dactilografía, una habilidad que podía significar la diferencia entre conseguir o no un empleo.

 

Los profesores de mecanografía eran figuras muy respetadas. Con paciencia y disciplina enseñaban a ubicar correctamente los dedos sobre el teclado, a escribir sin mirar las teclas y a ganar velocidad sin cometer errores. Las clases transcurrían entre ejercicios repetitivos, hojas carbónicas, cronómetros y el inconfundible ruido metálico de las teclas golpeando el papel.

Para muchas familias, enviar a sus hijos a estudiar mecanografía era una inversión de futuro, y de allí la importancia que tuvo la materia en el nivel secundario. Secretarias, empleados administrativos, contadores, bancarios y trabajadores de oficinas necesitaban dominar esa técnica. Los certificados obtenidos al finalizar los cursos solían formar parte de los antecedentes que se presentaban al buscar trabajo.

La dactilografía exigía constancia y práctica. Los alumnos debían memorizar la ubicación de cada letra y desarrollar una coordinación que hoy parece natural gracias a la tecnología, pero que entonces requería meses de entrenamiento. Los errores se corregían con goma de tinta o volviendo a escribir toda la hoja, una tarea que enseñaba precisión y paciencia.

Con la llegada de las computadoras personales durante las décadas de 1980 y 1990, las tradicionales academias comenzaron a transformarse. Muchos profesores se adaptaron a los nuevos tiempos incorporando cursos de informática, mientras que otros vieron desaparecer lentamente una actividad que había sido fundamental durante generaciones.

Sin embargo, quienes pasaron por aquellas aulas todavía recuerdan el desafío de completar una página sin equivocaciones y la satisfacción de escuchar el timbre que anunciaba el final del renglón.

Los profesores de mecanografía y dactilografía fueron mucho más que docentes de una técnica: ayudaron a formar trabajadores, inculcaron hábitos de responsabilidad y dejaron una huella silenciosa en la historia laboral de Nueve de Julio.