9 junio 2026

Cuando el kerosene llegaba a domicilio y el invierno olía a estufa encendida

Hubo una época en que el invierno no empezaba cuando bajaba la temperatura, sino cuando aparecía por el barrio el camioncito del kerosene. Su llegada era una señal inequívoca de que los días fríos habían llegado para quedarse y que había que abastecerse para atravesar la temporada.

 

Durante las décadas de 1970 y 1980, antes de la expansión del gas natural y de los modernos sistemas de calefacción, cientos de hogares de 9 de Julio dependían de las estufas a kerosene para combatir el frío. Detrás de esa rutina cotidiana estaba un oficio hoy prácticamente desaparecido: el repartidor domiciliario de kerosene.

A bordo de vehículos modestos, muchas veces viejos camioncitos que parecían resistirse al paso del tiempo, estos trabajadores recorrían calle por calle llevando el combustible a las viviendas.

El kerosene se transportaba en tachos metálicos, bidones y hasta damajuanas especialmente destinadas a esa función. Los vecinos salían al encuentro del repartidor apenas escuchaban el motor acercarse o veían detenerse el vehículo frente a la casa.

El procedimiento era simple, pero requería experiencia. Había que medir, trasvasar y llenar cuidadosamente los recipientes que luego alimentarían las estufas durante varios días.

Era inevitable que algunas gotas terminaran en el piso o en la ropa. El característico olor del kerosene se expandía entonces por toda la vivienda y permanecía durante horas. Para quienes vivieron aquellos años, ese aroma todavía conserva una extraña capacidad de transportar recuerdos.

Las estufas ocupaban un lugar central en la vida familiar. No existía un calefactor en cada ambiente ni temperaturas uniformes en toda la casa. El calor se concentraba alrededor de una única estufa, generalmente ubicada en el comedor o la cocina. Allí se reunía la familia para tomar mate, hacer la tarea, coser, leer el diario o simplemente conversar.

Los dormitorios, en cambio, solían ser mucho más fríos. La estrategia era clásica: calentarse junto a la estufa antes de ir a dormir, usar varias frazadas pesadas y, en algunos casos, recurrir a bolsas de agua caliente colocadas entre las sábanas.

Vista desde el presente, aquella forma de calefaccionar parece insuficiente. Sin embargo, quienes la vivieron suelen recordar que el frío se enfrentaba de otra manera. Las casas se habitaban de forma distinta. Las familias compartían más espacios, las puertas interiores permanecían cerradas para conservar el calor y la ropa de invierno era mucho más abrigada que la actual. Pulóveres de lana tejidos a mano, medias gruesas, camisetas y batas formaban parte del uniforme cotidiano de la temporada.

Por eso muchos se preguntan hoy cómo hacían para soportar los inviernos con una sola estufa. Tal vez la respuesta sea sencilla: no había otra opción. Las costumbres se adaptaban a la tecnología disponible y el confort que hoy parece indispensable entonces era apenas un deseo lejano.

Con la llegada masiva del gas natural, los calefactores de tiro balanceado y más tarde los sistemas modernos de climatización, el repartidor de kerosene comenzó a desaparecer lentamente de las calles. También se fueron apagando aquellas estufas de llama azul que durante décadas fueron el corazón caliente de los hogares.

Sin embargo, para toda una generación, el ruido de aquel camioncito entrando al barrio y el inconfundible olor del kerosene siguen siendo una de las imágenes más vivas de los inviernos de antes, cuando el calor no llegaba por una red subterránea sino de la mano de un oficio que el tiempo terminó dejando atrás.