3 junio 2026

“...Compro aire, y si es puro, pago mucho más...”

“Compro aire, y si es puro, pago mucho más...”, canta La Vela Puerca. La frase suena irónica, exagerada. Hasta que anoche, el humo del basural volvió a cubrir 9 de Julio y dejó de ser metáfora, más de 72 horas después del primer gris en el cielo.

Imagen registrada por vecinos de Av. Compairé en la noche de ayer.

Otra vez el olor a quemado se mete en las viviendas. Otra vez las ventanas cerradas. Otra vez el comentario repetido en la calle: “¿Otra vez humo?”. No es sorpresa. Es costumbre. Y eso es lo que más preocupa.

Hace más de quince años que el problema aparece, se apaga, vuelve, se explica y se promete resolver. Pero sigue ahí. Persistente.

La molestia ya no es solo ambiental. Es emocional. Es el desgaste de convivir con algo que no debería naturalizarse. Es la sensación de que respirar aire limpio depende del viento, de la suerte o —como sugiere la canción— de poder “comprarlo”.

El humo no distingue barrios. No distingue edades. No distingue horarios. Se instala y recuerda que hay deudas que no se terminan de saldar.

Y mientras tanto, la ciudad sigue. Trabaja. Estudia. Produce. Se adapta. Se acostumbra.

Tal vez demasiado.

Porque el riesgo más grande no es el humo en sí, sino la resignación. Que aceptemos que cada tanto tocará vivir así. Que dejemos de exigir soluciones estructurales y nos conformemos con apagar incendios.

Respirar no debería ser un lujo. Y sin embargo, días como hoy invitan a pensar cuánto vale el aire limpio cuando falta.