18 julio 2026

Alta preocupación: los delincuentes están entre nosotros

A las cuatro de la mañana, cuando una ciudad duerme, el miedo entra sin pedir permiso.

No fue una película ni una historia lejana. Fue esta madrugada en una casa de 9 de Julio. Una mujer de 79 años recibió una llamada. Del otro lado, una voz femenina llorando, desesperada. Decía ser su hija. Decía haber atropellado a alguien. Decía que iba a ir presa. Decía que solo se podía evitar si reunía, de inmediato, una suma de dinero en dólares.

Ese es el guion. El que se repite una y otra vez. El que la Policía recomienda cortar. El que en los papeles parece sencillo de frenar.
Pero en la vida real, a las cuatro de la mañana, con una persona mayor recién despertándose, con una voz que grita “mamá, ayudame”, con ruidos de fondo simulando una comisaría o una calle, no hay manual que alcance.

En este caso, por suerte, los familiares estaban en la casa. Pidieron que cortara. Interrumpieron la llamada. Evitaron el engaño. Pero el intento ocurrió. Y eso es lo verdaderamente alarmante.

Porque esta historia no termina en el teléfono.

Estos delincuentes no solo llaman. Se mueven. Operan. Se trasladan hasta el domicilio de la víctima. Exigen que el dinero se coloque en una bolsa negra. Tocan el timbre. Retiran el botín. Se van. Todo en silencio, todo en la madrugada.

Y ahí aparece la pregunta que nadie quiere formular, pero que ya no se puede esquivar:

¿Cómo es posible que en una ciudad de menos de 50 mil habitantes, donde todos más o menos nos conocemos, estas personas puedan circular de noche, ir a una casa, retirar dinero y desaparecer sin ser detectadas?

No estamos hablando de ciberdelincuentes escondidos en otro país. Estamos hablando de personas que pisan nuestras calles, que recorren nuestros barrios, que saben direcciones, nombres, horarios, rutinas.
Están entre nosotros.

El cuento del tío dejó de ser un llamado molesto para convertirse en un delito organizado, con logística, movilidad y una crueldad calculada: apuntan a nuestros mayores, cuando están más vulnerables, cuando el sueño y el miedo juegan en contra.

La Policía insiste, con razón, en que hay que cortar y denunciar. Pero la realidad es más compleja. Una persona de 79 años, sobresaltada, creyendo que su hija o su nieto está en peligro, no reacciona como un manual de seguridad. Reacciona como madre. Como abuela. Con pánico.

Y eso es exactamente lo que estos delincuentes explotan.

Este caso no terminó en una estafa, pero podría haberlo sido. Y mañana puede no tener la misma suerte otra familia.

Por eso el alerta no es solo “no atienda llamadas sospechosas”.
El alerta verdadero es otro: hay una red de delincuentes operando físicamente en 9 de Julio. No desde una pantalla. Desde la calle.

Y cuando el delito ya no entra solo por el teléfono, sino que toca el timbre, la preocupación deja de ser virtual y pasa a ser muy real.