Una avenida para el recordado piloto de TC Jorge Martínez Boero reabre una discusión que nuestra ciudad todavía tiene pendiente para con sus ídolos.

La vecina ciudad inauguró una nueva avenida que lleva el nombre de Jorge Martínez Boero, el histórico piloto bolivarense que dejó una huella imborrable en el automovilismo argentino. El homenaje tuvo, además, un valor especial: su hija Livia Martínez Boero estuvo presente y pudo participar de ese momento en el que la ciudad decidió convertir en parte de su paisaje cotidiano el nombre de uno de sus hijos más reconocidos.
Hay algo profundamente valioso en ese gesto. Porque homenajear a quienes hicieron grande a una comunidad no debería ser solamente una tarea reservada para después de la muerte. También puede —y quizás debería— ser una manera de decirles en vida: “sabemos lo que hiciste por nosotros, sabemos hasta dónde llevaste el nombre de esta ciudad y queremos que quede para siempre”.
Y allí aparece una pregunta inevitable para 9 de Julio.
¿Por qué no podemos hacer algo parecido?
Nuestra ciudad tiene una larga lista de hombres y mujeres que, desde distintas disciplinas, llevaron el nombre de 9 de Julio mucho más allá de los límites del distrito. Deportistas, artistas, dirigentes, profesionales y personalidades que construyeron una parte de nuestra identidad y que, en muchos casos, fueron verdaderos embajadores de la ciudad en escenarios nacionales e incluso internacionales.
En el deporte, los ejemplos sobran.
Guillermo “Yoyo” Maldonado es uno de ellos. Su nombre quedó asociado para siempre al automovilismo argentino y a una trayectoria que trascendió ampliamente las fronteras de nuestra ciudad.
También está Daniel Cingolani, otro de los nombres que forman parte de la historia grande del automovilismo nacional y que los nuevejulienses reconocen inmediatamente.
Guillermo Castellanos, con su trayectoria deportiva, también merece formar parte de esa memoria colectiva.
Y qué decir de Juan Pedro “Oso” Gutiérrez, un deportista que llevó el nombre de 9 de Julio a lo más alto del básquetbol argentino y que integró una generación que representó al país en las grandes competencias internacionales.
Más cerca en el tiempo aparece Mariano Navone, un joven que consiguió algo que muy pocos deportistas de nuestra ciudad pudieron alcanzar: instalar el nombre de 9 de Julio en el circuito internacional del tenis profesional.
Son apenas algunos nombres. La lista seguramente podría ser mucho más extensa.
La cuestión no es solamente ponerles una calle.
La cuestión es qué ciudad queremos ser y qué hacemos con nuestra propia memoria.
Actualmente, la normativa municipal establece restricciones para asignar a calles y espacios públicos el nombre de personas, contemplando un plazo de cinco años desde su fallecimiento. Una regla que puede tener sentido como criterio general para evitar homenajes apresurados o decisiones tomadas al calor de una coyuntura política, pero que también merece ser revisada cuando se trata de personalidades cuya trayectoria y aporte a la comunidad están sobradamente comprobados.
¿Por qué no pensar en una excepción?
¿Por qué no establecer un mecanismo especial, con una mayoría calificada del Concejo Deliberante, informes que acrediten los méritos de la persona y el respaldo de instituciones de la comunidad, que permita reconocer en vida a quienes realmente lo merecen?
No se trata de llenar la ciudad de nombres propios. Tampoco de reemplazar denominaciones históricas ni de convertir cada homenaje en una cuestión política.
Se trata de establecer un criterio.
Porque una cosa es homenajear a un dirigente circunstancial y otra muy distinta es reconocer a alguien que durante décadas llevó el nombre de 9 de Julio por todo el país y, en algunos casos, por el mundo.
Y hay otra cuestión todavía más importante: los homenajes en vida permiten que quienes los reciben puedan disfrutarlos junto a sus familias, amigos, compañeros y vecinos.
El caso de Bolívar resulta especialmente significativo justamente por eso. Livia Martínez Boero pudo estar allí, junto a su familia, para ver cómo la ciudad transformaba el nombre de su padre en parte de su geografía. Y pudo decir públicamente cuánto significaba para ella ese reconocimiento.
Eso también es construir memoria.
9 de Julio tiene una deuda pendiente con muchos de sus hijos ilustres. Algunos ya no están y otros todavía recorren nuestras calles, trabajan, entrenan, compiten y siguen representando a la ciudad.
Quizás sea momento de empezar a reconocerlos antes de que sea demasiado tarde.



