Hubo un tiempo en que, mucho antes de que el reciclado se convirtiera en una práctica habitual, el paso del botellero era parte del paisaje cotidiano de Nueve de Julio. Su llegada no necesitaba carteles ni redes sociales: bastaba un grito potente, inconfundible, que atravesaba varias cuadras y hacía salir a los vecinos a la vereda.

"¡Botelleroooooo!", se escuchaba desde lejos. Era la señal para buscar las botellas vacías, frascos, damajuanas o cualquier envase de vidrio que hubiera quedado guardado en algún rincón de la casa. También compraba otros elementos reutilizables, porque nada se desperdiciaba y casi todo tenía una segunda vida.
El botellero recorría lentamente los barrios con su carro, y más tarde con pequeñas camionetas, deteniéndose frente a las viviendas para negociar la compra.
A veces pagaba unas monedas; otras, el intercambio era por algún artículo de uso cotidiano. Para muchas familias, esos envases acumulados representaban un pequeño ingreso extra y, al mismo tiempo, una forma de mantener el patio o el galpón más ordenados.
Su trabajo era mucho más que una actividad comercial. Sin proponérselo, cumplía una función ambiental décadas antes de que se hablara de economía circular o separación de residuos. Recuperaba materiales que volvían a utilizarse y evitaba que terminaran desechados.
Con el paso de los años, la aparición de nuevos sistemas de comercialización, los cambios en los envases y otras formas de reciclaje fueron haciendo desaparecer a aquellos personajes que caminaban o manejaban despacio por las calles del pueblo.
Sin embargo, hay algo que todavía muchos recuerdan con una sonrisa: aquel interminable y característico "¡Botelleroooooo!", un grito que anunciaba su presencia y que quedó grabado en la memoria de varias generaciones de nuevejulienses.
Hoy la escena cambió. En su lugar, todavía es habitual escuchar camiones que recorren los barrios comprando chatarra y otros materiales reciclables mediante altoparlantes que reproducen mensajes con una voz tan distorsionada que, muchas veces, resulta casi imposible entender qué dicen.
Pese a ello, mantienen una costumbre que para algunos ya es casi una tradición y para otros una pequeña molestia: salir a recorrer las calles, especialmente los sábados por la tarde, cuando el sonido irrumpe en la tranquilidad y corta la clásica siesta pueblerina.
Los tiempos cambiaron, las formas también. Pero quienes vivieron aquella época coinciden en que ningún parlante logró reemplazar la fuerza, la claridad y el encanto de aquel viejo pregón que anunciaba, simplemente: "¡Botelleroooooo!".



