Mucho antes de Spotify, las playlists automáticas y las consolas digitales, hubo hombres que tenían en sus manos el poder de hacer explotar una pista o vaciarla en cuestión de minutos. Eran los DJ de los ‘90, verdaderos dueños de la noche en los boliches de ciudades como Nueve de Julio.

En lugares míticos como Brumas y Wana y otros bailables de la época, la cabina era casi un territorio sagrado. Desde allí salían las luces, los efectos, las presentaciones y, sobre todo, la música que marcó a toda una generación.
No existía internet para bajar canciones en segundos. Conseguir música nueva era casi una misión. Algunos viajaban a Buenos Aires para comprar CDs o vinilos; otros grababan temas de radios FM o intercambiaban compilados con colegas. Tener “el tema del momento” antes que nadie podía convertir al DJ en la estrella de la noche.
El trabajo también tenía mucho de intuición. Había que leer la pista, entender cuándo subir el ritmo, cuándo frenar y cuándo largar el lento esperado por todos. Porque en aquellos años todavía existía ese ritual inolvidable: las parejas acercándose lentamente mientras sonaban baladas románticas cerca de las cuatro de la mañana.
Las cabinas estaban llenas de equipos enormes, bandejas, compact disc, caseteras, cables y luces improvisadas. Muchos DJ hacían todo al mismo tiempo: mezclaban música, animaban cumpleaños, manejaban la iluminación y hasta solucionaban desperfectos técnicos en plena madrugada.
Y cada uno tenía su sello. Algunos apostaban al techno y al eurodance; otros a la marcha, el rock nacional o los lentos clásicos. Había temas infaltables que apenas sonaban hacían estallar la pista: “Rhythm Is a Dancer”, “What Is Love”, “Blue”, Soda Stereo o Los Auténticos Decadentes.
En las ciudades del interior, además, los DJ eran personajes muy conocidos. La gente sabía quién tocaba esa noche y muchos elegían el boliche según quién estuviera en la cabina. Eran parte del espectáculo y también grandes constructores de recuerdos.
Hoy, con la tecnología digital, el oficio cambió por completo. Pero quienes vivieron aquellas noches todavía recuerdan el humo artificial, las luces giratorias, las tandas interminables y esa sensación única de esperar “el tema” que definía una madrugada.
Porque para toda una generación, los DJ de los ‘90 no solo pasaban música. Le ponían sonido a la juventud.



