Una escena impactante se vivió anoche en Plaza de Mayo, donde una multitud colmó cada rincón para presenciar un evento tan inusual como multitudinario: el show del sacerdote y DJ portugués Guilherme Peixoto, en homenaje al papa Francisco al cumplirse un año de su fallecimiento.

Desde temprano, miles de personas comenzaron a acercarse al centro porteño. Familias, jóvenes, fieles y curiosos fueron dando forma a una convocatoria que superó todas las previsiones y terminó convirtiéndose en una verdadera marea humana. La histórica plaza, epicentro de tantos hechos políticos y sociales, cambió de lógica por unas horas y se transformó en un escenario de celebración colectiva.
El clima fue creciendo con el correr de la tarde. Sobre el escenario, pantallas gigantes proyectaban imágenes del pontífice argentino, mientras la gente respondía con aplausos, banderas y celulares en alto, generando una atmósfera cargada de emoción.

Cuando comenzó el set, el impacto fue inmediato. Vestido con sotana y detrás de la consola, Peixoto desplegó una propuesta que fusionó música electrónica con elementos litúrgicos, campanas y fragmentos de textos religiosos. Lejos de resultar extraña, la combinación encontró una conexión directa con el público, especialmente con los más jóvenes, que se sumaron masivamente a una experiencia distinta de vivir la fe.
La magnitud del evento fue uno de los datos salientes. La convocatoria posicionó al show entre las concentraciones más importantes de los últimos tiempos en la ciudad de Buenos Aires, con cientos de miles de asistentes llegados desde distintos puntos del conurbano y la capital.
Detrás del fenómeno hay una historia singular. Peixoto, nacido en Portugal, fue ordenado sacerdote a fines de los años 90 y desarrolló un recorrido poco convencional que incluyó misiones en zonas de conflicto. En ese contexto comenzó a vincularse con la música electrónica, primero como herramienta de encuentro y luego como un lenguaje propio que lo llevó a escenarios internacionales.
En Buenos Aires, esa identidad híbrida encontró una respuesta contundente. El espectáculo no solo rompió con los formatos tradicionales, sino que mostró una nueva forma de conectar con las audiencias, combinando espiritualidad, cultura contemporánea y show.
Más allá de lo musical, la imagen final fue elocuente: una Plaza de Mayo desbordada, vibrando al ritmo de la electrónica y convertida, por unas horas, en una especie de catedral a cielo abierto. Un evento que, por su magnitud y su impacto, ya quedó inscripto entre las grandes postales recientes del país.



