18 julio 2026

Luvias y calles anegadas: Cuando la solidaridad se ausenta

¿Cómo puede una sociedad que tantas veces demuestra su enorme capacidad solidaria, caer en actitudes tan opuestas? ¿En qué momento el otro deja de importar?

Imagen no local a modo ilustrativo.

La solidaridad ha sido, históricamente, una de las marcas más profundas de los argentinos. Y en Nueve de Julio, esa identidad no es una excepción, sino una constante que se reafirma en cada colecta, en cada gesto silencioso, en cada mano que se extiende cuando alguien lo necesita.

Hay sobradas muestras, a lo largo del tiempo y también en lo reciente, de una comunidad que sabe acompañar, contener y ponerse en el lugar del otro.

Sin embargo, esa misma sociedad capaz de conmoverse y actuar con empatía, a veces parece desdibujarse. Como si en determinados momentos se impusiera una lógica individualista, donde el “no me importa” gana terreno y las consecuencias de los actos propios quedan relegadas a un segundo plano.

Lo ocurrido en la noche de ayer dejó una postal tan clara como preocupante. Las intensas y copiosas lluvias provocaron anegamientos en distintas calles de la ciudad, generando situaciones de vulnerabilidad para muchos vecinos.

En ese contexto, lejos de prevalecer la prudencia y el respeto, se observaron conductas que van en sentido contrario a esa identidad solidaria que tanto se reivindica.

Camionetas de gran porte, e incluso vehículos de tamaño mediano, circularon a alta velocidad por calles completamente desbordadas.

El resultado fue inmediato: un oleaje desmesurado que hizo que el agua ingresara en viviendas, agravando una situación ya de por sí crítica.

Lo más llamativo —y doloroso— fue que, pese a los gritos y advertencias desesperadas de los vecinos, muchos conductores optaron por seguir su marcha sin siquiera aminorar la velocidad.

No se trató de un descuido aislado, sino de una actitud desaprensiva, consciente, que ignoró deliberadamente el daño que podía provocar. Una conducta que no sólo puso en riesgo la integridad de los propios vehículos, sino que también afectó directamente a quienes estaban intentando proteger sus hogares.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo puede una sociedad que tantas veces demuestra su enorme capacidad solidaria, caer en actitudes tan opuestas? ¿En qué momento el otro deja de importar?

Tal vez la respuesta no sea sencilla, pero sí necesaria. Porque la solidaridad no puede ser selectiva ni circunstancial. No alcanza con aparecer en los grandes gestos si en lo cotidiano se pierde el respeto básico por el prójimo.

Lo de anoche no debería pasar desapercibido. No como un hecho aislado, sino como un llamado de atención. Porque la verdadera identidad de una comunidad no se construye sólo en los momentos heroicos, sino también —y sobre todo— en las pequeñas acciones de todos los días.