7 julio 2026

Memoria de los oficios: el acomodador de cine, un guardián silencioso

Hubo un tiempo en que ir al cine no era simplemente sentarse frente a una pantalla. Era una experiencia completa. Y en esa experiencia había una figura discreta pero fundamental: el acomodador.

 

En 9 de Julio, cuando las salas estaban colmadas los fines de semana y las funciones eran verdaderos acontecimientos sociales, el acomodador -que incluso solía ser quien recibía los tickets- recorría la penumbra con una pequeña linterna, señalando butacas libres, pidiendo silencio con un gesto amable y guiando a los espectadores hasta su lugar.

No vendía entradas. No proyectaba la película. No figuraba en los afiches. Pero era parte esencial del ritual.

Su trabajo comenzaba antes de que se apagaran las luces. Ordenaba filas, verificaba que los pasillos estuvieran despejados, ayudaba a personas mayores o a chicos que entraban por primera vez a una sala oscura. Cuando la película ya estaba en marcha, caminaba despacio entre sombras, atento a cualquier inconveniente.

Era, en cierto modo, el guardián de la experiencia colectiva.

En las funciones populares, cuando la sala estallaba en risas o aplausos, el acomodador también era testigo privilegiado de esas emociones compartidas. Conocía al público habitual, sabía quiénes se sentaban siempre en la misma fila y distinguía a los enamorados que buscaban las últimas butacas.

Había códigos no escritos. Una linterna apuntando al suelo para no molestar. Un leve susurro para pedir que se apagaran los cigarrillos, cuando fumar en el cine todavía estaba permitido. Una presencia firme pero respetuosa.

Con el paso de los años, las salas cambiaron. Llegaron los complejos multipantalla, la venta digital de entradas, la numeración automática de butacas. La figura del acomodador comenzó a desaparecer. La tecnología hizo innecesaria esa guía humana en la oscuridad.

Pero también se perdió algo más sutil: ese gesto personalizado que hacía sentir al espectador parte de un acontecimiento y no simplemente consumidor de una función.

En ciudades del interior como 9 de Julio, donde el cine fue durante décadas un punto de encuentro social, el acomodador representaba una forma de cuidado comunitario. No era solo un empleado. Era parte del paisaje afectivo de generaciones.

Hoy su linterna ya no recorre las filas. Sin embargo, en la memoria de muchos vecinos permanece esa imagen: la luz tenue marcando el camino en medio de la sala oscura.