18 enero 2022

AGUA QUE NO HAS DE CEDER...

La crecida del Río Salado, que podría llegar a su pico máximo, anega rutas y campos, aisla personas y sumerge al ganado. El inundado paisaje bonaerense revela la impericia  ante situaciones extremas. La opinión de los especialistas.
 

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Martes 25 de agosto de 2015.

Maldicen al alto cielo. A las lluvias. Al agua y a la impericia por transformar la llanura argentina en un mar desolador. Se sienten impotentes por esa corriente que fluye, incontenible, aislando pueblos, matando la siembra y el ganado; un cauce libre y caudaloso, hijo del cambio climático, pero también de la desidia política.
Tras la tregua en las lluvias, la preocupación de los inundados ahora está en la fuerte crecida del río Salado, que nace en Santa Fe, baja desde Luján y cruza desde el oeste el centro norte bonaerense, avanzando sobre más de 50 distritos de la Provincia de Buenos Aires, pero afectando, sobre todo, las rutas y campos de Dolores, Coronel Brandsen, Monte, Villanueva, General Viamonte, Bragado, General Belgrano, Roque Pérez, Lezama, Castelli, Chascomús y Pila, donde cientos de personas permanecen aisladas.
No hace falta subirse a un avión o helicóptero para advertir el panorama. Nomás recorrer cualquier paraje rural, adentrarse en esos senderos ya sin calles y descubrir la pampa anegada. Después, pensar en lo grave, que esa situación se extiende a más de 850 mil hectáreas, que podrían ser más, a la espera de que en las próximas horas la crecida del Salado llegue a su pico máximo.
¿Es todo esto producto del cambio climático? Indudablemente, no. Según precisó a Hoy la ingeniera civil especializada en hidráulica y docente de la Facultad de Ingeniería de la UBA, María Eva Koutsovitis, la acción o inacción humanas tienen su importante cuota de responsabilidad, “tanto para resolver los problemas de inundación como los de crecidas; porque uno recurre a medidas estructurales (obras) y no estructurales (sistemas de alerta, planes de contingencia, control en los usos del suelo)”.
En este sentido, “la falta de planificación, las acciones demagógicas de políticos de turno repartiendo tierras fiscales que son inundables, los negocios de desarrolladores inmobiliarios que no son controlados nos han llevado a ocupar espacios pertenecientes a los ríos y arroyos”, coinciden los especialistas.
“Tan importante como las obras, son los sistemas de alerta temprana que ayudan a anticipar las crecidas o un evento extremo; luego están los planes de contingencia, que te permiten saber cómo actuar ante una determinada situación (cómo evacuar, hacia dónde, en qué momento), poner en alerta a los agentes claves (defensa civil, bomberos, personal sanitario) y a la comunidad de que va a haber un evento extremo o que va a llegar una crecida. Todas estas son medidas que, junto a las obras estructurales, permitirían mitigar el efecto de los fenómenos naturales”, afirmó Koutsovitis.

Voces del desastre

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Pero ahora, con el agua cubriendo los caminos, una de las situaciones más críticas se daba en la localidad de Pila, donde, en un arrebato temeroso, el intendente K, Gustavo Walker, alertó que este pueblo de poco más de dos mil habitantes “podría desaparecer”, y aseguró que “un 70% está bajo el agua”. “Hay alrededor de 500 personas aisladas. También nos complica mucho la cantidad de animales, 320 mil cabezas que la gente ha tratado de sacar a un lugar seguro para proveerlas de rollos y de maíz, pero mucha hacienda se está ahogando”, agregó.
Del mismo modo, el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Luis Miguel Etchevehere, aseguró que “hay zonas que son un mar, es desolador el panorama”. “Lo que más duele es la imprevisión, la indolencia”, añadió, y disparó contra el gobierno nacional, que “recaudó el doble del dinero necesario para mitigar con obras los efectos de las lluvias y no las hicieron”.

Fuente: Diario "Hoy" - La Plata.