18 enero 2022

PARA PENSAR: "EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS"

Los quioscos contaban con un arsenal de alternativas, entre las que sobresalían las pastillas D.R.F. o Renomé, los Corazoncitos Dorin’s o los caramelos Billiken.

Lunes 27 de abril de 2015.

 
De niños no medimos la importancia de las pertenencias. Nos peleamos con un hermano o un amiguito por el uso de un juguete o nos aferramos a un peluche o a un autito sin pensar porqué lo hacemos. A esa edad, las cosas son nuestras y punto. No es tema para discutir. Las disputas se resuelven con un tirón. El que se lo retiene queda satisfecho; el que lo pierde corre a llorar con su mamá.
A la gente de nuestra edad, cuando niños, en ese tiempo en el que todo es presente, nos inculcaron de algún modo la importancia de “guardar” para el futuro con métodos tan sugestivos como la famosa Libreta de Ahorro. No conozco a ninguno de mi generación que haya logrado beneficios de esa primera incursión por el mundo bancario, pero es cierto que todos recuerdan ese instrumento con cierto cariño.el-valor-de-las-pequeas-cosas-1-728
Variantes de esa libretita en la que se pegaban estampillas equivalentes al dinero que ahorrabas fueron los álbumes de figuritas. Implicaban todo un plan para lograr un objetivo: había que pegar las estampas en sus correspondientes páginas hasta completar la colección y entonces podías canjear todo por una pelota de fútbol número 5.
Lo hice una sola vez, junté todas las “figus” y logré mi bello esférico de cuero, pero hoy lamento no haberme quedado con el álbum, al que estimo mucho más valioso que ese juguete que se rompió en un mes.
Al llegar a la adolescencia, el sentido de tenencia, más que un objetivo, comenzó a ser para nosotros toda una necesidad. Crecer era descubrir que, en el grupo de pares, uno se distinguía por lo que era, pero también por lo que tenía.
Además de las pilchas, que tanto nos costaba conseguir, había pequeñas cosas que aliviaban la sensación de carestía. En ese contexto cobraron un extremo valor las cajitas de Chiclet’s Adams de 12 unidades. Comprarte una de esas el sábado a la tarde era tener todo un patrimonio para el encuentro con los chicos y las chicas de la barra durante el fin de semana.
También era bueno sorprender con variantes, para lo cual los quioscos contaban con un arsenal de alternativas, entre las que sobresalían las pastillas D.R.F. o Renomé, los Corazoncitos Dorin’s o los caramelos Billiken en cajitas de lata, por sólo citar algunos.
Aunque sea una hipótesis que no soporta ser confrontada con ninguna teoría sobre las adicciones, tengo para mí que fue justamente una necesidad similar la que hizo que muchos amigos cayeran en el dañino hábito de fumar, ya que un buen día pasaron de atesorar golosinas a contar los “puchos” que les quedaban en la etiqueta.

Así como algunos cayeron en esa trampa, a otros ya no les alcanzó con las pequeñas cosas, y se lanzaron a una febril carrera, despiadada y muchas veces sin escrúpulos, por acaparar grandes pertenencias.
Permítanme otra hipótesis, tan refutable como la anterior: creo que hay más riqueza en el puñado de caramelos que nos queda, o en las páginas que nos faltan leer en ese libro que hay en nuestra mesita de luz, que en esa gorda fortuna que tantos añoran conseguir.

 

Jorge Londero – La Voz del Interior / Córdoba.